Brágimo /ICAL - (IaD) MIR de Medicina Intensiva, dra. Ángela Corbato, enfermera de marcapasos, Ángeles Antolinez; y el jefe de Medicina Intensiva, dr.Antonio Álvarez, en la sala de monitorización remota(MR) de dispositivos electrónicos cardiacos implantables (Marcapasos)
Sábado, 31 de Enero de 2026
El Hospital de Palencia late conectado a su provincia
En una provincia extensa, envejecida y con núcleos de población separados por decenas de kilómetros, la sanidad siempre ha tenido el reto añadido de llegar a todos. Palencia no es una excepción. De norte a sur, desde Guardo o Aguilar de Campoo hasta la capital, los trayectos largos, el invierno duro y la dispersión geográfica han condicionado durante décadas la atención sanitaria especializada. Sin embargo, desde hace algo más de cinco años, un cambio silencioso, casi invisible para el paciente, ha transformado la forma de vigilar el corazón de cientos de palentinos.
El sistema de monitorización cardíaca remota que funciona en el Hospital Río Carrión no nació como respuesta a la pandemia, aunque esta aceleró su consolidación. Según explica Antonio Álvarez, jefe de la Unidad de Cuidados Intensivos del centro, el proyecto empezó a gestarse en 2019, cuando todavía nadie imaginaba el impacto que tendría la Covid-19 en la sanidad. “Se empezó a plantear justo un año antes de la pandemia y, cuando llegó, nos vino muy bien por muchos motivos”, recuerda. Hoy, este sistema permite controlar a diario, y en tiempo real, el funcionamiento de marcapasos, dispositivos subcutáneos de registro y otros implantes cardíacos sin que el paciente tenga que salir de casa. Para una provincia como Palencia, con una población mayoritariamente envejecida y una orografía compleja, el avance ha supuesto un antes y un después, informa Ical.
Durante décadas, el seguimiento de los pacientes con marcapasos se basó en revisiones presenciales periódicas. Hay que remontarse hasta el año 1999, cuando el servicio de la UCI del Hospital Río Carrión de Palencia comenzó a implantar los primeros marcapasos con el protocolo claro de que los pacientes tuvieran revisiones a los tres y seis meses, después cada año y, posteriormente, con controles anuales. “En un año pueden pasar muchas cosas”, explica Álvarez. “Son pacientes normalmente de edad avanzada, con otras patologías asociadas, y en una revisión anual te puedes encontrar que han tenido arritmias, descompensaciones o episodios que han pasado desapercibidos”.
La monitorización remota rompe ese esquema. En lugar de esperar meses para comprobar el estado del dispositivo o del ritmo cardíaco, el equipo médico recibe información diaria o alertas automáticas configuradas según criterios clínicos. “Si surge una alerta que nos interesa, la información nos llega de forma inmediata. No hay que esperar ni un año, ni seis meses, ni tres”, subraya el jefe de la UCI.
El funcionamiento es sencillo para el paciente. En casa, basta con colocar un pequeño transmisor (similar a un router) en la mesilla de noche. Este aparato se comunica de forma automática con el marcapasos o con el dispositivo subcutáneo implantado bajo la piel, una “plaquita metálica” de apenas unos centímetros, colocada mediante una mínima incisión con anestesia local. Los datos viajan de forma segura hasta el hospital, donde son analizados por el equipo de cardiología y enfermería.
La geografía de Palencia explica buena parte del éxito del programa. Se trata de una provincia extensa, con zonas de difícil acceso, especialmente en el norte, y con una climatología que en invierno puede convertir un trayecto rutinario en un riesgo. Nevadas, carreteras cortadas y largas distancias han sido durante años un problema añadido para pacientes que, además, suelen ser personas mayores. “La dispersión geográfica es clave”, insiste Álvarez. “Antes, un paciente con marcapasos tenía que desplazarse sí o sí al hospital para una revisión. Ahora puede estar en su casa, en Guardo, en Aguilar o incluso fuera de la provincia, y nosotros seguimos controlándolo”.
El sistema no solo evita viajes innecesarios, sino que reduce riesgos asociados al desplazamiento, el uso de ambulancias para consultas programadas y la dependencia de familiares para acudir a revisiones. En muchos casos, los pacientes necesitaban transporte sanitario simplemente para un control rutinario.
Actualmente, el Hospital Río Carrión monitoriza de forma remota a más de 450 pacientes, una cifra que no deja de aumentar. La tendencia es clara, ya que cada nuevo implante ofrece ya esta posibilidad y, además, muchos pacientes que llevan marcapasos antiguos se incorporan al sistema cuando se les cambia la batería o el generador. “Hay pacientes que llevan ocho o diez años con su marcapasos”, explica el jefe de la UCI. “Cuando toca cambiar la batería, ahora ya les ofrecemos directamente un sistema nuevo con monitorización remota. Eso hace que la cartera de pacientes crezca no solo por los nuevos casos, sino también por los recambios”.
En una provincia con más de mil pacientes portadores de marcapasos, el objetivo es que, progresivamente, una parte cada vez mayor se beneficie de este tipo de seguimiento. Según Álvarez, en pocos años podría alcanzarse una proporción cercana a la cuarta parte del total.
Uno de los grandes valores de la monitorización remota es la capacidad de anticiparse. La mayoría de las alertas que llegan al sistema son leves o “banales”, pero permiten detectar a tiempo problemas que, de otro modo, podrían pasar desapercibidos durante meses. “Tenemos una capacidad de anticipación tremenda”, resume el jefe de la UCI. Las alertas pueden avisar de alteraciones en el ritmo cardíaco, fallos en el cableado del marcapasos, desgaste de la batería o episodios de arritmia que el paciente ni siquiera ha notado.
Especialmente relevante es la detección precoz de ciertas arritmias silenciosas, muy frecuentes a partir de los 50 o 60 años, que están estrechamente relacionadas con el ictus. “Son arritmias que no dan síntomas, pero que pueden tener consecuencias muy graves. Con este sistema hemos detectado muchos casos y hemos podido prevenir ictus”, señala Álvarez.
No se trata tanto de “salvar vidas” de forma inmediata, aclara el médico, como de evitar complicaciones graves que condicionan la calidad de vida del paciente y su entorno familiar. “Un ictus no siempre mata, pero te puede arruinar la vida. Si podemos prevenirlo, el impacto es enorme”.
La implantación de la monitorización remota no ha supuesto menos trabajo para los profesionales, sino todo lo contrario. Donde antes había una consulta presencial al año, ahora hay un flujo constante de información y alertas que revisar. “El volumen de trabajo se ha multiplicado”, reconoce Álvarez. “Antes veías al paciente una vez al año. Ahora, con las alertas diarias, el número de consultas potenciales es muchísimo mayor”.
La enfermería como el corazón del sistema
Para hacer frente a esta carga, el hospital ha tenido que redistribuir recursos. Enfermería juega un papel clave, con profesionales especializados que revisan a diario las plataformas de las distintas casas comerciales y filtran las alertas antes de consultarlas con los médicos. María Ángeles Antolínez es una de las enfermeras responsables de la monitorización remota.
Su jornada comienza cada mañana revisando las aplicaciones de los distintos fabricantes de dispositivos. “Entro en los sistemas y veo si ha habido alguna alteración o alarma. Si la hay, consulto con el médico responsable y decidimos qué hacer”, explica. “Solo con tener el aparato en la mesilla ya están controlados”, agrega. Antolínez destaca la sencillez del sistema actual. “Ahora prácticamente no hay dificultades para enseñar a los pacientes”, asegura. “Los dispositivos son automáticos. No tienen que hacer nada”.
Su trabajo va mucho más allá de la tecnología. Es ella quien informa al paciente y a la familia, quien les explica en qué consiste el seguimiento y quien los da de alta en el sistema. También es el primer contacto cuando surge una alerta. “La información al paciente se comunica a través de un informe médico que les llega por correo. Si surge algún problema, les llamamos por teléfono”, detalla. En los sistemas actuales, prácticamente automáticos, las dificultades para el paciente son mínimas. En los sistemas más antiguos era necesario realizar transmisiones manuales, algo que a veces recaía en los familiares. “Aun así, la mayoría acababa aprendiéndolo porque es muy intuitivo”, recuerda.
Antolínez reconoce una de las pocas desventajas del sistema: la pérdida de contacto personal. “Se pierde un poco el trato directo sanitario-paciente”, admite. Para compensarlo, siempre se facilita un teléfono de contacto. “Ante cualquier duda, saben que pueden localizarnos”.
Aun así, el balance es claramente positivo. “Es muy gratificante saber que estamos dando calidad asistencial con algo tan sencillo. Cuando llamas a un paciente porque ha habido una alerta, lo agradecen muchísimo. Se sienten atendidos y vigilados”.
El otro lado de la moneda, es el de los usuarios y pacientes que conviven día a día con este sistema. Es el caso de José Manuel Ibáñez, un guardense de 65 años. Su historia resume el impacto real de la monitorización remota en la vida de los pacientes. Tras varios episodios de arritmia y la implantación de hasta tres marcapasos por complicaciones e infecciones, hoy lleva un dispositivo de última generación monitorizado a distancia. “Antes me desmayé tres veces. En una de ellas se me paró el corazón”, recuerda. Desde que tiene el nuevo marcapasos y el sistema de seguimiento remoto, su vida ha cambiado. “Ahora hago vida normal. Me siento mucho más seguro”.
En su mesilla de noche hay un pequeño aparato conectado a la wifi de casa. Cada cierto tiempo, realiza una transmisión siguiendo instrucciones sencillas. “Ellos lo ven todo desde el hospital. Al día siguiente casi siempre me llaman para decirme que está todo bien”, cuenta. Para José Manuel, el mayor beneficio es la tranquilidad, tanto para él como para su familia. “Vivir en Guardo no es lo mismo que vivir en Palencia. Aquí, si pasa algo grave, la ambulancia tarda. Saber que te están vigilando en todo momento te da mucha seguridad”.
Una seguridad para él, pero también para todos aquellos que le rodean que con este sistema se sienten un poco más tranquilos. Pero, más allá del beneficio clínico, la monitorización remota tiene un impacto económico relevante. No tanto por el coste directo del dispositivo, similar al de un marcapasos convencional, como por el ahorro en costes indirectos con menos desplazamientos, menos ambulancias, menos ingresos hospitalarios evitables y menos bajas laborales. “Es un sistema claramente coste-efectivo”, defiende Álvarez. “Con una inversión muy similar, ahorras muchísimo en prevención de enfermedades, traslados y complicaciones graves”. En comunidades como Castilla y León, donde la dispersión geográfica es la norma, este tipo de tecnología adquiere un valor añadido. “En Palencia, por su demografía y su territorio, el beneficio es aún más evidente”, concluye.
La monitorización remota ya no es una promesa, sino una realidad consolidada en el Hospital Río Carrión. Con más pacientes cada año, mayor experiencia del personal y sistemas cada vez más automáticos, el modelo apunta a convertirse en el estándar de seguimiento para dispositivos cardíacos. El mensaje de los profesionales es claro. “Yo no lo dudaría”, afirma Antonio Álvarez. “Como médico y como potencial paciente. María Ángeles Antolínez coincide. “Es una tranquilidad para ellos y una satisfacción profesional para nosotros”. Es un antes y un después”, para José Manuel, la conclusión es aún más sencilla. “Recomendaría a todo el mundo que se lo ponga. Se vive mucho más tranquilo”.
En una provincia donde las distancias siempre han marcado la sanidad, la tecnología ha conseguido algo aparentemente simple pero profundamente transformador como es acercar el hospital al latido diario de sus pacientes.



